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Cuando la Iglesia Se Olvida del Evangelio

Actualizado: 19 nov 2020

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste al evangelio? No estoy hablando de un mero mensaje de esperanza, ánimo, o motivación; estoy hablando del evangelio. Quizás algunos se estén preguntando, ¿pero, no es el evangelio un mensaje de esperanza? Sí, lo es. Pero, no es simplemente la esperanza de que Dios está contigo, o que mañana será un día mejor. El evangelio no es un mensaje de auto-realización, buscando darnos identidad o fuerzas para seguir hacia adelante. El evangelio no se trata de las bendiciones de Dios, o de lo que Dios hará en tu vida si crees, sino que el evangelio se trata de lo que ya Jesús hizo para el mundo entero, hace alrededor de dos mil años atrás: murió, y resucitó.


En el pasado, el mensaje de la Iglesia era caracterizado por el miedo, buscando intimidar a las personas para que creyeran en Dios, y así evitar el castigo eterno del infierno. Hoy día, nos hemos ido al otro extremo de ese mensaje, predicando sobre el amor y la esperanza, sin mencionar al pecado o al infierno, por miedo a que se ofendan o se vacíen los templos. Ambos extremos son peligrosos porque ninguno de los dos mensajes representa lo que es el evangelio. Y, aunque pudiera sentarme a analizar el mensaje del pasado, evaluando su efectividad y su validez, al momento me encuentro viviendo en el presente, y por lo tanto es el presente mensaje el que más me preocupa.

Me preocupa porque, aunque es un mensaje que muchos necesitan escuchar, no es un mensaje que produce salvación. En estos días escuchaba a alguien hablando sobre el mensaje del evangelio, y la táctica que la Iglesia ha utilizado históricamente para provocar que las personas crean en él: la culpa. Según esta persona, la culpa no es la herramienta correcta para lograr que las personas cambien, sean transformadas, y se conviertan en mejores seres humanos, sino que las personas lo que necesitan es positividad para así sentirse bien de ellos mismos y llegar a una auto-realización. No discutiré aquí sobre la validez o efectividad de la culpa dentro del evangelio, ni intentaré refutar la afirmación de que la culpa no es la herramienta correcta para lograr estos cambios en el ser humano. Lo que quiero resaltar aquí es que esta persona no estaba hablando de la psicología, la antropología, las ciencias sociales, ni la filosofía; estaba hablando del evangelio. Su punto no es simplemente que la culpa no es saludable para la psiquis humana, sino que estaba afirmando que el propósito del evangelio es la auto-realización. Es bajo esta premisa que la persona llega a la conclusión de que la culpa no es la herramienta correcta, y es esta premisa la cual encuentro tan peligrosa.

Estoy de acuerdo con la idea de que Dios quiere lo mejor para nosotros (Jeremías 29:11), que cumple Sus promesas (Filipenses 1:6), que bendice a los que confían en Él (Jeremías 17:7), que suple nuestras necesidades (Filipenses 4:19), que nos fortalece en tiempos de aflicción (Isaías 41:10), y muchas cosas más. Pero, ¡nada de esto es el evangelio! Mi corazón arde cada vez que escucho a alguien decir que Cristo murió para que podamos ser felices, o para que podamos ser bendecidos, o para que las familias sean restauradas, o para cualquier otra cosa que no sea para el perdón de nuestros pecados.

Es cierto que Dios quiere que seamos felices, bendecidos, restaurados, sanados, prósperos, etc., pero no es la razón por la cual envió a Su Hijo a morir en la cruz. La única razón que encontrarás en la Biblia para la muerte de Cristo es el perdón de nuestros pecados (Romanos 5:8-9; Gálatas 1:4; 1 Juan 2:2; entre muchos otros). Éste es el evangelio, y esto es lo que el mundo realmente necesita.

Pero, esto no es el mensaje que se escucha en las iglesias hoy día, sino que el mensaje de hoy está centrado en las emociones, en la autoestima, en la esperanza, y en llenar nuestras necesidades terrenales. Hablamos del amor, por ejemplo, pero olvidamos que el amor implica obediencia (2 Juan 1:6). El verdadero amor no hace nada indebido (1 Corintios 13:5), y la mayor muestra de amor de parte de Dios fue el sacrificio de Jesús en la cruz (Romanos 5:8). En otras palabras, bíblicamente, el amor está íntimamente relacionado al tema del pecado, y no los podemos separar. Similarmente, hablamos de salvación, pero ¿salvación de qué, si no del pecado? Demasiadas veces he escuchado decir “cree en Jesús, y serás salvo,” sin explicarle a las personas de qué necesitan salvación. Queremos hablar de salvación sin mencionar al pecado, pero ¡el pecado es precisamente la razón por la cual necesitamos salvación! Si no hacemos entender a las personas el problema (el pecado), ¿cómo lograremos hacerlos entender y aceptar la solución (Jesús)? Aunque no defiendo el uso de la culpa como una táctica para hacer que las personas crean, la realidad del caso es que, si no nos sentimos culpables por nuestro pecado, no podremos entender el gran sacrificio de Jesús en la cruz, no nos arrepentiremos, y por lo tanto no seremos salvos.


Escuché decir en estos días que cuando Jesús dijo que vino a darnos vida en abundancia (Juan 10:10), estaba hablando de darnos la capacidad para desarrollar nuestro máximo potencial en la vida. Esta afirmación no podría estar más lejos de la realidad. Cuando leemos el contexto del pasaje, vemos que Jesús no está hablando de nada terrenal, sino de algo espiritual. En el verso anterior, nos da el mensaje central de este pasaje: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo…,” y en el verso siguiente nos dice que “el buen pastor su vida da por las ovejas.” Con este contexto en mente nos podemos preguntar, ¿de qué otra cosa pudiera estar hablando Jesús aquí si no es de la salvación? Y, ¿de qué nos pudiera estar salvando, si no es de la muerte y del pecado? Cuando Jesús nos dice que vino a darnos vida en abundancia, entonces, no está hablando de nuestra vida terrenal y de nuestra capacidad para desarrollar nuestro máximo potencial. Eso no es el evangelio; eso es humanismo. De lo que Jesús está hablando aquí y en otros pasajes similares es sobre el perdón de nuestros pecados y la vida eterna. Esto es el evangelio.


Creo que una de las diferencias más drásticas entre el mensaje de Jesús y el mensaje de la Iglesia actual es la importancia dada a la vida terrenal. Jesús nos dice en más de una ocasión que la vida terrenal no tiene ninguna importancia al lado de la vida espiritual, a tal punto de que nos dice que, si no estamos dispuestos a renunciarla, perderla, entregarlo todo y seguirle, pues no somos dignos de ser Sus discípulos (Lucas 14:33; Marcos 8:35). Jesús nos dice que, “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24). En contraste, el mensaje actual de la Iglesia es que Dios nos va a bendecir, que nos va a ayudar a lograr nuestros sueños y metas, que Dios quiere que seamos felices, y que sigamos creyendo porque mañana volverá a salir el sol.

Pero, ¿sabes qué? Mañana no necesariamente volverá a salir el sol. Hoy puede ser el último día de tu vida, y si aún no has creído en Jesús como tu Salvador, arrepintiéndote de tus pecados, aceptando Su gran perdón, mañana será muy tarde. De nada valdrá haber creído en un mensaje de esperanza que nos hace sentir bien si morimos sin haber creído en el mensaje de salvación.

En 1 Corintios 15 nos encontramos con el pasaje más antiguo del Nuevo Testamento. Según los expertos, los versos 3 y 4 representan un credo antiguo que probablemente ya estaba en circulación para finales del año 30 d. C. En otras palabras, este credo representa el evangelio, tal como se estaba predicando desde el principio, poco después de la muerte de Jesús, mucho antes de que el Nuevo Testamento fuera escrito.

En este pasaje, Pablo nos dice: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” El evangelio, entonces, tiene tres elementos:

1) Cristo murió por nuestros pecados

2) Fue sepultado

3) Resucitó al tercer día

No podemos decir estar predicando el evangelio si no estamos predicando sobre la muerte y la resurrección de Cristo, y del perdón de nuestros pecados. El propósito del evangelio no es hacernos sentir bien, sino ofrecernos salvación. Esto no quiere decir que esto es lo único de lo cual estamos permitidos hablar, enseñar, o predicar. Es claro que las personas necesitan mensajes de esperanza como los mencionados anteriormente, en especial cuando estamos viviendo momentos de tribulación o aflicción como los que estamos viviendo ahora. El problema no es ofrecer mensajes de ánimo o de esperanza; el problema es la ausencia absoluta del evangelio en nuestras iglesias.

Predicar un mensaje de miedo corre el riesgo de producir creyentes que solo le temen al infierno, pero no aman a Dios. Predicar un mensaje sólo de ánimo y esperanza corre el riesgo de producir creyentes superficiales; felices, pero perdidos en el pecado. La Iglesia no fue llamada a predicar el miedo o la esperanza terrenal; fue llamada a predicar el evangelio. Y, el evangelio no se trata de la felicidad o la auto-realización; se trata de la salvación. Cuando la Iglesia olvida esto, deja de ser Iglesia, y se convierte en otra institución humana más.


Volvamos al verdadero evangelio.

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