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Una Pérdida Incalculable



El 24 de mayo del 2020, el New York Times publicó una portada que mostraba los nombres de personas que habían perdido sus vidas al coronavirus hasta esa fecha, con el título, “Muertes en los Estados Unidos llega a las 100,000, Una Pérdida Incalculable.” Inmediatamente, el título llamó mi atención. “Una pérdida incalculable.” ¿Por qué incalculable?, me pregunté. Si sabemos el número de las personas que han muerto, ¿por qué dicen que es incalculable? Claramente, la intención del título, además de llamar la atención y quizás promover una agenda política, era afirmar que el valor de una vida no se puede resumir en un número. Las 100,000 personas que habían muerto en los estados unidos hasta esa fecha eran personas cuyas vidas tenían un valor incalculable, y por lo tanto su pérdida, también, es incalculable.

Al día siguiente, 25 de mayo, se celebraba el Día de la Recordación de los Caídos (Memorial Day), donde se recuerda y se honra a las personas que dieron sus vidas, luchando por su patria en las diversas guerras. Durante el día vi muchas personas en las redes conmemorando la vida y muerte de estas personas valientes, destacando cómo se atrevieron a dar sus vidas por el bienestar de los demás. Una vez más, estas expresiones resaltaron en mi mente la idea de que la vida tiene valor, y la pérdida de la vida es una pérdida incalculable. Además de esto, el Día de la Recordación es una afirmación de que existe el bien y el mal, la justicia y la injusticia, la virtud, y el valor objetivo del altruismo (sacrificar tu bienestar por el bienestar de otro). Es una afirmación de que es bueno y correcto luchar por tu patria, por tus valores, por la libertad, por los derechos civiles y humanos, y por el bienestar del mundo, de forma general.

Ese mismo día ocurrió una de las tragedias mas indignantes que hemos visto en meses recientes (es lamentable que tenga que aclarar “en meses recientes,” ya que en los últimos años, hemos visto tragedias peores); una tragedia que ha unido y dividido a la sociedad de manera paradójica; una tragedia que verdaderamente nos ha afectado a todos de alguna manera u otra: George Floyd, un negro, fue asesinado públicamente por un policía blanco, y el mundo entero lo vio pasar.

A raíz de esta tragedia, el pueblo se ha vuelto un caos. Hay protestas por todas partes, las cuales han resultado en destrucción de propiedad y la pérdida de vidas adicionales, exigiendo justicia y buscando una reformación total de lo que consideran ser un sistema racista y opresivo.

George Floyd: una pérdida incalculable.

Dentro de todo esto, no puedo dejar de pensar en esas palabras. “Una pérdida incalculable.” No puedo dejar de preguntar el por qué es incalculable, y por qué estas diversas luchas son correctas. Que quede claro, estoy de acuerdo con que la pérdida de una vida es incalculable, y estoy de acuerdo con las luchas por los derechos humanos y la justicia. Pero, ¿por qué? Esa es mi pregunta. Eso es lo que no logro comprender.

Tengo suficiente edad como para poder recordar un tiempo en el que se afirmaba y se valoraba tal cosa como la verdad. Recuerdo cuando el hablar del bien y del mal era algo entendible y racional, y no te miraban como un loco. Recuerdo que era posible señalar el error de una persona sin recibir la respuesta, “no me juzgues,” o “esa es solo tu opinión.”

Hoy día no es así. La verdad en esta sociedad se ha vuelto subjetiva y relativa, y la corrección es considerada una falta de respeto, o un acto de juicio. El bien y el mal lo determina la sociedad en la que vivimos, y no existe un estándar objetivo para la moralidad. En esta sociedad, toda opinión es válida (a menos que estés en contra de la opinión pública), toda religión es aceptada (a menos que sea el cristianismo), y todo estilo de vida es tolerado (a menos que intentes evangelizar).

En tal sociedad, ¿quién tiene la razón? La respuesta: nadie.

Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con las 100,000 vidas perdidas al coronavirus, el Día de la Recordación, y el asesinato de George Floyd? Sencillo: mientras que por un lado estamos negando a Dios, afirmando que no existe una moralidad objetiva, y rechazando el sacrificio de Jesús por la humanidad, por otro lado estamos afirmando que la muerte de George Floyd es objetivamente mala, que dar tu vida por tu patria es bueno, y que la pérdida de 100,000 vidas a causa de una enfermedad es una pérdida incalculable. En otras palabras, estamos afirmando la verdad, la justicia, el amor, la empatía, y el valor de la vida como virtudes objetivas por las cuales debemos de luchar, pero si Dios no existe, no tenemos ningún fundamento para hacer tal afirmación.

Es fácil decir que no existe una moralidad objetiva, pero, a la hora de la verdad es imposible ver la muerte de George Floyd y no indignarse. Es fácil decir que no existe tal cosa como verdad absoluta, pero cuando nuestros derechos son violados queremos justicia. Pero, el problema es que, si no existe una moralidad objetiva, realmente no hay nada malo en la muerte de George Floyd. Y, si no hay nada malo (objetivamente) con su muerte, ¿por qué nos sentimos indignados?

Una posible explicación a este sentido de injusticia, empatía, e indignación es que el ser humano ha sido biológicamente diseñado para sentirse así. En otras palabras, a través de la evolución y la selección natural, el ser humano ha desarrollado cierto sentido de empatía y cierto deseo por la justicia porque estas son cualidades que nos ayudarán a sobrevivir. Bajo esta perspectiva, no es que el asesinato de George Floyd sea malo, en sí, sino que nos conviene pensar que es malo porque esto ayuda a nuestra sobrevivencia.

Los problemas con esta perspectiva son muchos, pero mencionaré solo uno aquí.

Si la única razón por la cual sentimos empatía e indignación cuando nos encontramos con una tragedia como la de George Floyd es porque estamos biológicamente diseñados para sentirnos así, pues esto implica que nunca fuimos libres para elegir sentirnos de otra manera. En otras palabras, nuestra percepción moral es el resultado inevitable de la naturaleza, y no es algo que fuimos libres para escoger. En este sentido, nuestra percepción del bien y del mal no es muy distinto a el desarrollo de nuestras dos manos: la razón por la cual tengo dos manos y diez dedos es porque esto es lo que más me ayuda a sobrevivir. Pero, de la misma forma en que yo no pude elegir tener una o tres manos, quince o cinco dedos, si nuestra moralidad es el resultado de la naturaleza, tampoco soy libre para elegir mi percepción moral.

Esto implica que, de la misma forma en que mi creencia de que asesinar es malo es el producto de la naturaleza, la creencia de otra persona de que asesinar es bueno es producto de la naturaleza, también. Yo puedo ver la muerte de George Floyd como una tragedia, y sentir indignación, pero el policía que lo mató probablemente ve a George Floyd como un ser que no era digno de tener vida por su color de piel. Ambos pensamientos son el resultado de la evolución y la selección natural, y ni el policía ni yo tenemos el control sobre cuál de los dos pensamientos vamos a creer. Por lo tanto, aunque se escucha bien, en teoría, decir que la empatía y las virtudes son productos de la evolución, cuando aplicamos ese mismo pensar a la falta de empatía o al odio, vemos que realmente no estamos logrando nada. Nos encontramos en el mismo lugar de donde comenzamos: ¿por qué la pérdida de la vida es incalculable?

Otra posible explicación a nuestra indignación es que la sociedad en la que nos criamos ha inculcado en nosotros esta percepción moral, y no nos podemos deshacer de ella tan fácilmente. Bajo esta perspectiva, el bien y el mal es determinado por la mayoría, y por lo tanto no existe una moralidad objetiva.

Una vez más, esta perspectiva tiene muchos problemas, pero mencionaré solo uno.

Esta perspectiva va en contra de todo lo que la historia nos dice sobre las diversas luchas de derechos civiles y humanos. En cada una de estas luchas (la lucha por los derechos civiles de las minorías en los 60s, por ejemplo), siempre ha sido una minoría la cual ha luchado por estos derechos. La esclavitud fue abolida por una minoría, ya que la mayoría de las personas la apoyaban, y era un factor importante en la economía. La segregación fue desechada por una minoría, ya que la mayoría de las personas en ese momento eran blancas, y muchos eran racistas. Si nos dejáramos llevar solo por lo que la mayoría dice, lo correcto en los 1800s era continuar con la esclavitud, y lo incorrecto fue luchar para abolirla. Si nos dejamos llevar por lo que dice la mayoría, lo correcto en los 1960s era continuar con la segregación y el racismo, ya que esto era lo que la mayoría creía en ese tiempo, y lo incorrecto fue luchar por los derechos civiles.


Claramente, la moralidad de una sociedad no es determinada por la mayoría. Al contrario, siempre son las minorías las que luchan por sus derechos, bajo la perspectiva de que existe una verdad absoluta, unos valores innatos, y unos derechos inalienables que no deberían de ser violados. Bajo esta perspectiva mayoritaria, el asesinato de George Floyd realmente no fue algo malo, en sí, sino que simplemente no fue algo "popular," en estos momentos. La moralidad, bajo esta perspectiva, no es nada más que una simple competencia de popularidad, lo cual, una vez más, nos deja en el mismo lugar que comenzamos: ¿por qué la pérdida de la vida es incalculable?

A mi entender, ninguna explicación naturalista logra fundamentar y explicar adecuadamente el por qué el ser humano tiene una percepción moral, por qué luchamos por los derechos humanos, y por qué nos indigna la injusticia. Quisiera, entonces, proponer una explicación alterna: la razón por la cual percibimos que existe tal cosa como el bien y el mal…es porque existe el bien y el mal.

¡Qué idea más radical! (sarcasmo)

Pero, no basta con simplemente hacer tal afirmación; requiere una explicación. Y, en mi mente, la única posible explicación a esta percepción es Dios. Si Dios existe, y realmente somos Su creación, tiene sentido perfecto afirmar el valor objetivo de la vida. Pero, sin Dios, esto no es una afirmación racional, y el resultado es vivir vidas llenas de contradicción, donde afirmamos por un lado que no existe una moralidad objetiva, pero por otro lado todos nos indignamos ante la injusticia. Peor aún, si solo afirmamos el bien y el mal porque esto nos ayuda a sobrevivir, o que es producto de la sociedad, además de ser un argumento circular estamos afirmando que, aunque sabemos que el bien y el mal realmente no existe, tenemos que vivir como si existiera porque, de lo contrario, no seríamos felices.


En otras palabras, afirmamos una mentira y la creemos a conveniencia, lo cual es igual de irracional que una persona con problemas mentales que afirma que escucha voces que le dicen que el mundo depende de su existencia. La única diferencia es que el esquizofrénico no tiene opción de dejar de creer en las voces, ¡pero nosotros sí! En otras palabras, nosotros somos peor que una persona con problemas mentales porque conscientemente elegimos creer en una mentira, con tal de sentirnos bien.

Sin embargo, si Dios existe, no tenemos que elegir vivir una mentira, ya que, si Dios existe, realmente la vida tiene valor. Si fuimos creados por Dios, el mundo realmente tiene propósito. Bajo esta perspectiva, es perfectamente racional indignarnos por la injusticia, y luchar por los derechos humanos, ya que esto es objetivamente bueno. El bien es aquello que se acerca más a la naturaleza de Dios, mientras que el mal es aquello que se aleja a la naturaleza de Dios. Esto nos permite tener un criterio externo con el cual medimos la justicia y la injusticia, el bien y el mal, la verdad y la mentira.

La pérdida de sobre 100,000 vidas al coronavirus realmente es una pérdida incalculable porque cada vida era un hijo o hija de Dios. Cada ser humano tiene un valor innato, y la pérdida de esa vida no se puede resumir con un simple número, y jamás puede ser reemplazada. Además de esto, cada vida es amada por Dios incondicionalmente, lo cual implica que cualquier atento en contra de estas vidas, en cierto sentido, es un atento contra Dios. El violar los derechos, el valor y la dignidad de un ser humano es una violación a la Ley perfecta de Dios, y es por esto que sentimos tanta indignación y culpabilidad cuando experimentamos tal violación.

Si solo somos organismos biológicos, productos de la suerte, el resultado de un proceso tedioso de la evolución, el cual de por sí está basado en la muerte, realmente no hay nada especial en cada una de esas vidas. Murieron 100,000 personas, pero cada día nacen alrededor de 300,000 vidas nuevas. Así, que, ¿por qué ponerse triste? Lo único que importa, bajo esta perspectiva, es nuestra sobrevivencia, y la pérdida de esas 100,000 vidas realmente no cambia eso.

Pero, no somos meros organismos biológicos, y por más que la ciencia y la filosofía intenten convencernos de lo contrario, a la hora de la verdad cada uno de nosotros lo percibimos. Cuando vemos ese video de la muerte de George Floyd, no estamos viendo simplemente un número más; estamos viendo a un ser humano, cuya vida tenía valor, y merecía ser tratado con mayor dignidad. Sentimos su pérdida y nos indignamos de la injusticia porque entendemos que sí existe un bien y un mal, el cual es independiente de nuestras opiniones. No nos importa que el policía quizás pensaba que no estaba haciendo nada malo; nosotros reconocemos que estuvo mal, y no lo toleraremos. No importa si la mayoría de las personas entienden que los negros tienen menos valor que los blancos; nosotros reconocemos que cada vida tiene el mismo valor, y merece ser tratado con amor, respeto, y dignidad.


Y, siendo esto una percepción tan ingranada en cada ser humano, tan central a la experiencia diaria de todos nosotros, no es nuestra responsabilidad justificarla. Más bien, siendo algo tan evidente para casi todos, el peso de la evidencia recae sobre el que intenta negar esta verdad, y requiere una evidencia tan contundente que logra convencernos de que nuestra experiencia diaria está errada. De la misma forma en que mi percepción del mundo físico justifica mi creencia de que el mundo es real, mi percepción moral justifica mi creencia en el bien y el mal. No es mi responsabilidad demostrarlo, porque es una creencia fundamental e íntimamente ingranada en cada uno de nosotros. Claro, podría ser el caso de que el mundo externo no es real, y que todos vivimos en un matrix, como en las películas. Yo no tengo forma de refutar eso. Pero, siendo nuestra experiencia del mundo externo tan ingranada y evidente para casi todo ser humano, estoy completamente justificado en seguir creyendo en el mundo externo. Para poder justificar el no creer en el mundo externo, se requiere una evidencia increíblemente contundente. De la misma manera, mi experiencia moral es algo tan ingranado en nuestra experiencia como ser humano, que estoy completamente justificado en seguir creyendo en una moralidad objetiva. Para poder justificar el no creer en esto, se requiere una evidencia increíblemente contundente.


George Floyd, al igual que todas las personas que existen, han existido, y existirán, era un ser humano creado en imagen y semejanza de Dios, con un valor innato. Ese valor fue negado, su dignidad fue violada, y su vida fue quitada sin justificación alguna. Ante una tragedia como esta, es perfectamente entendible sentir indignación, tristeza, y posiblemente hasta un poco de culpabilidad. Es completamente entendible sentir un deseo por la justicia, exigir un cambio en el sistema que la permitió, y luchar por los derechos humanos de todos. Pero, esto solo tiene sentido si realmente la vida tiene valor, y la vida solo puede tener valor si fue creada por Dios.

No solo eso, sino que, a pesar de nuestras luchas por la justicia en este tiempo, al final del día reconocemos que, lo más probable, nunca lograremos tal justicia. Siempre habrá injusticias, y habrá personas que se escapan de esta vida sin pagar por sus crímenes. Pero, si Dios existe, nadie se escapará de la justicia (2 Corintios 5:10), y podemos confiar que, aunque en esta vida no la veremos en su totalidad, al final de todo Dios se encargará de que se haga tal justicia. Creer en Dios, entonces, no solo nos da una justificación racional para afirmar el valor de la vida, sino que nos ofrece una esperanza de justicia que no puede existir fuera de Él.

100,000 vidas. Miles de veteranos. George Floyd.

Una pérdida incalculable.

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