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¿Por Qué Me Has Desamparado?

A veces me pregunto, ¿por qué, Dios? ¿Por qué permites que ciertas cosas pasen en mi vida? ¿Por qué te siento tan lejos? ¿Por qué no obras de una manera más clara y directa en mi vida?

Tengo que admitir que, en la mayoría de estos momentos, puedo identificar malas decisiones o errores que yo mismo he cometido, los cuales tienen ciertas consecuencias. No es culpa de Dios. Pero, hay momentos en el que siento que no es así; que mientras más yo me esfuerzo por hacer lo correcto, más las cosas me salen mal. O, cuando me estoy acercando a la luz al final del túnel, algo vuelve a ocurrir en mi vida que me recuerda lo frágil que es la felicidad. Y, es en esos momentos que más necesito una respuesta; donde más necesito sentir la presencia de Dios.

Mientras escribo esto, además de un sinnúmero de problemas personales que varían entre la salud, las finanzas, los estudios, y el romance, me encuentro viviendo una situación que está completamente fuera de mi control. No se trata de una mala decisión, errores cometidos, o del pecado que mora en mi. Para decir más, no se trata ni tan siquiera de mi, sino de las personas que más yo amo en esta vida. Su sufrimiento es mi sufrimiento, y en estos momentos me cuesta poder entender la voluntad de Dios.

Teológicamente, yo entiendo perfectamente la causa del sufrimiento en este mundo. Espiritualmente, yo confío plenamente en Dios. Pero, humanamente, me cuesta entender, me cuesta creer, y me cuesta seguir. Y, sé que no soy el único que se ha sentido así en algún momento dado de su vida, y por esa razón decidí escribir este mensaje. Por un lado, es un simple desahogo en medio de la soledad. Por otro lado, es un mensaje de consuelo y esperanza para el que lo necesite. Y, la esperanza es esta: aunque yo no entienda lo que está pasando, sé que Dios está en control.

Mañana, lunes, comienzo la segunda etapa de una de mis clases universitarias; la etapa en donde tengo que hacer todos los trabajos y presentarlos delante del profesor y los demás estudiantes. Mientras me preparaba para mi primera presentación, leía la introducción de Mere Christianity por C. S. Lewis, uno de los defensores de la fe más reconocidos en la historia de la Iglesia. Para los que no saben quién es, quizás han visto o han escuchado sobre las películas de Narnia. C. S. Lewis fue el autor de los libros sobre el cual las películas están basadas.

En dicha introducción, Lewis está explicando el por qué él decidió no tocar ciertos temas controversiales en su libro, Mere Christianity, y optó por enfocarse simplemente en los elementos centrales del cristianismo. Dentro de sus explicaciones, mencionó las palabras de Jesús a Pedro cuando Pedro, luego de la resurrección de Jesús, le pregunta a Jesús sobre el destino final de Juan, y Jesús le responde, “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú” (Mateo 21:22). En otras palabras, según Lewis, no lo vamos a entender todo; solo nos toca seguir a Jesús. En su ignorancia sobre ciertos temas, entonces, Lewis prefirió guardar silencio, y hablar solamente sobre aquello del cual conoce, reconociendo perfectamente que nunca lo va a poder entender todo. Pocas veces un autor de este nivel de renombre admite públicamente su ignorancia, pero C. S. Lewis fue un ejemplo vivo de lo que significa la humildad.

El pasaje en realidad no tiene nada que ver con mi situación actual, y el contexto en el que Lewis lo cita tampoco tiene nada que ver. Sin embargo, el pasaje se quedó conmigo el resto del día, hasta la noche, precisamente hasta este momento en el cual estoy escribiendo. “¿Qué a ti? Sígueme tú.” Era como si Jesús le estuviera diciendo a Pedro que no se preocupara por lo que no puede controlar, y no busque entender las cosas que no le corresponde entender. Enfócate en Jesús, y olvídate de lo demás.

Mientras mis seres queridos están en mi mente y en mi corazón, y mientras me pregunto cuál es la voluntad de Dios para mi vida, esas palabras retumban en mi cabeza, una y otra vez, recordando mis limitaciones humanas. No lo puedo entender, pero honestamente, no creo que me corresponda entender, y eso es difícil de aceptar. Es sumamente difícil que alguien te diga estas palabras en medio de una aflicción. Para muchos, esto es el equivalente de “no hagas preguntas,” o “no cuestiones a Dios,” o “Dios obra de maneras misteriosas.” En otras palabras, parece ser una mera excusa para cuando no tenemos respuestas.

Sin embargo, esto no es la manera en que Jesús le dijo estas palabras a Pedro.


Hay muchos detalles interesantes en el pasaje de Juan 21, pero solo me enfocaré en el contexto inmediato de estas palabras. El pasaje nos dice, por ejemplo, que ésta fue la tercera vez que Jesús se le había aparecido a los discípulos (v. 14), pero a pesar de que ya lo habían visto anteriormente en más de una ocasión, y a pesar de que Juan mismo le dice a Pedro, “¡Es el Señor!” (v. 7), por alguna razón los discípulos aún no lo reconocieron (v. 12). No entraré en interpretaciones teológicas sobre el efecto del pecado en el hombre, la naturaleza divina del cuerpo resucitado de Jesús, o explicaciones milagrosas que implican que Jesús les impidió reconocerle en ciertos momentos. Lo que a mi me vino a la mente mientras leía este pasaje hoy es que, a pesar de que conocemos a Dios, y a pesar de que le hemos visto obrar en más de una ocasión en el pasado, aún así en momentos de aflicción se nos hace difícil reconocer Su voluntad. A pesar de que yo sé que Dios está ahí, aun en medio de mi aflicción, se me hace difícil ver Su mano y decir, “Dios está obrando.”

No se trata de pecado, de ceguera, o de ignorancia; se trata de ser un ser humano. Y, seguramente todos los que me leen se pueden identificar. No siempre vemos o reconocemos la mano de Dios, especialmente en medio de la aflicción. Y, no estoy diciendo que eso está bien, pero sí estoy diciendo que nos pasa a todos.

Luego de esto, Jesús confronta a Pedro, haciéndole la misma pregunta tres veces: “¿Me amas?” Una vez más, no entraré en interpretaciones teológicas, buscando el griego original de las palabras y notando la distinción entre el “me amas” de Jesús y el “te amo” de Pedro. Lo importante en este pasaje es que fue en este momento que Pedro fue restaurado, luego de haber negado a Jesús tres veces, meros días antes. Una vez más, lo que me viene a la mente es que, a pesar de mis errores y mis dudas, Dios me sigue amando, y me ofrece restauración.


Luego de su restauración, Jesús le dice a Pedro las siguientes palabras: “De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras” (v. 18). Juan luego nos explica que esto Jesús se lo dijo a Pedro para dejarle saber de qué manera él iba a morir (crucificado), y de esta manera “glorificar a Dios” (v. 19). ¡Qué impactante tuvo que haber sido este momento para Pedro! Luego de haber sido llamado para ser la “roca” de la Iglesia, y luego de haber sido perdonado, restaurado, y transformado por Jesús, es confrontado con la realidad de que, a raíz de todo esto, iba a morir crucificado. Y, por si la ironía no fuera clara aún, luego de esta realización, Jesús le dice, “Sígueme.”

Quisiera hacer un paréntesis aquí para preguntarte: Si Jesús te dijera que, por seguirle, vas a morir una muerte tan horrible como la crucifixión, ¿le seguirías? Cierro paréntesis.


Esta parte de la conversación me hace pensar en la fragilidad de la vida. La realidad es que, cuando somos jóvenes, pensamos que tenemos control absoluto sobre nuestro futuro. Tenemos ánimo y fuerzas para seguir hacia adelante, y sentimos un nivel de optimismo sobre nuestras vidas. Luego de cierta edad, para muchos es difícil mantener ese optimismo. Nos damos cuenta que nuestro futuro realmente no está en nuestras manos, y el destino final (la muerte) es algo que puede llegar en cualquier momento, y no hay forma de escaparlo. En este sentido, somos “llevados de la mano a donde no queremos.” Sin embargo, la ausencia de control sobre nuestras vidas nos debería de llenar, no de miedo, sino de confianza, ya que aunque nosotros no tenemos el control, hay uno que tiene control absoluto: Dios. Creo que es por esta razón que, luego de decirle a Pedro que iba a morir crucificado, le dice, “Sígueme, como quién dice,” “Tu no tienes control, pero Yo sí.” Y, en momentos difíciles como el que vivo ahora, y los que muchos de ustedes están viviendo, esto es lo que necesitamos escuchar.

En este momento, Pedro se percata que Juan los está siguiendo, así que se voltea a Jesús y le dice, “Señor, ¿y qué de este?” (v. 21) Es a esta pregunta que Jesús le responde, “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.”


Podemos ver, entonces, que el contexto de estas palabras no es uno de “no preguntes,” o “no cuestiones,” o “simplemente confía.” No se trata de que Jesús no tenía la respuesta, o que simplemente no le correspondía a Pedro conocer la respuesta. Se trata de que ya Jesús le había dado las razones suficientes a Pedro como para confiar en Él y seguirle, pero en vez de seguirle, Pedro se detiene a mirar a Juan, y hacer una pregunta sobre alguien que no tiene nada que ver con él, y sobre una situación que no está bajo su control. Podemos ver, entonces, el deseo del ser humano de entenderlo todo, y la tendencia de preocuparnos por cosas que no están bajo nuestro control. Cuando Jesús le dice a Pedro, “Qué a ti?,” lo que realmente le está diciendo es: “No te preocupes por lo que no está en tus manos. Déjame a Mi bregar con Juan; tú solo sígueme.”

Así, que, volviendo a mi situación actual y mis preguntas constantes hacia Dios. Una vez más, Sus palabras retumban en mi cabeza, recordándome que no lo podré entender todo, pero Él sigue teniendo todo bajo control. No es que no me preocupe por mis seres queridos. No es que deje de luchar y orar. No es que es malo sentirme así, o preguntar, o incluso cuestionar. Es que, además de todo esto, necesito aprender a confiar y a seguirle. ¿Por qué confiar? Sencillo: Porque Dios tiene el control.

En este pasaje de Juan, vemos que Jesús muestra Su control en más de una manera. Primero, les demuestra que tiene control absoluto sobre la vida y la muerte, habiendo resucitado hace unos días atrás. Luego, demuestra Su control sobre la naturaleza, milagrosamente provocando una gran pesca de parte de los discípulos. Luego, demuestra Su control restaurando la vida de Pedro, llamándolo una vez más, y hablándole sobre su destino final. Por lo tanto, no había razón en ese momento para dudar sobre el destino de Juan; ya Jesús había demostrado que está en control.

De la misma manera, este momento me ha enseñado a seguir confiando en Dios, a pesar de que las circunstancias no son de mi agrado. Si Dios está en control, quiere decir que, aunque en el momento no lo pueda ver, al final del día, todo obra para bien (Romanos 8:28). Dios está, siempre lo ha estado, y siempre estará en control sobre toda circunstancia, de tal manera que podemos sentir un poco de aliento y consuelo en medio de nuestra tristeza. Tú, que al igual que yo estás pasando por un momento difícil, entiende que es perfectamente natural sentir desesperación y comenzar a dudar de Dios, pero a la misma vez es posible sentir la paz que sobrepasa todo entendimiento, a raíz de la realización de que Dios está obrando, aún cuando no lo podemos ver. Cuando siento dolor, miedo, o tristeza, entonces, y clamo a Dios, preguntándole, “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?,” la respuesta de Dios es, sencillamente, “No te he desamparado. Estoy aquí, y siempre lo estaré.”


No estás solo. No estás sola. Dios está con nosotros.


Amén.

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