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No Soy Digno

“Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.”


Cuando comencé este blog por primera vez en abril, pensé que sería algo casual, parecido a un devocional corto todas las semanas, reflexionando sobre diferentes pasajes bíblicos que me han tocado de alguna manera u otra. Fue bastante exitoso, y aunque sabía que debía de temperar mis expectativas, me sentí contento y animado en seguir escribiendo.

La semana siguiente, escribí algo un poco más profundo, relacionado a la situación actual de la Iglesia en Puerto Rico. Muy pocas personas lo leyeron, al igual que los próximos blogs en donde me encontré escribiendo cada vez más y más sobre problemas que sentía que ameritaban ser señalados, y en ocasiones me encontré abordando en la filosofía y la apologética. En este momento, comencé a sentir la presión de escribir algo que impactara a las personas, y los motivara, no solo a leerlo, sino a compartirlo en las redes. Esta presión me llevó a querer abandonar el blog por completo, ya que sentía que no era lo suficientemente bueno, y no estaba logrando cautivar a las personas.

La próxima semana, luego de haber contemplado abandonar el blog, me encontré viviendo ciertas experiencias, sin tener con quién hablarlas. En ese momento, el blog se convirtió en mi desahogo personal; un momento en el que puedo expresar ciertas emociones o pensamientos libremente, y a la misma vez quizás tocar ciertas vidas que se identifican con mis palabras. Hasta ahora, ese blog ha sido el más exitoso de todos, y pude entender el propósito de mis escritos.

Ahora, llegamos a esta semana, y una vez más me encuentro con otro cambio de perspectiva sobre el blog, y es el más difícil de explicar. Hasta ahora, como pueden ver, mi sentir y mi pensar sobre el blog ha sido como una montaña rusa, en ocasiones deseando impactar vidas, en otras ocasiones deseando simplemente expresarme, y en algún momento dado deseando dejarlo por completo. Ahora le podemos añadir a esa lista de emociones y pensamientos el sentir de que no soy digno de escribir.

Honestamente, no pensaba escribir hoy. Y la razón principal por la cual no quería escribir es porque, sencillamente, no me siento digno de hacerlo. ¿Quién soy yo para hablarle al pueblo de Dios? ¿Quién soy yo para hacer críticas sobre la Iglesia o la sociedad? ¿Quién soy yo para dar recomendaciones sobre lo que deben hacer con sus vidas? Y, ¿quién soy yo para que la gente le interese lo que yo pienso?

Si esto fuera el blog de Jaime Barceló, seguramente cientos o miles de personas lo estarían leyendo semanalmente. Pero, yo no soy Jaime Barceló. Yo no soy famoso, ni adoro a Dios como él lo adora, ni tengo un testimonio como el que él tiene, ni tengo los talentos que él tiene. Yo soy Manuel, de Juana Díaz. A mi nadie me conoce. Y, peor aún, por más que intento serle fiel a Dios, me encuentro fallándole a diario.

La realidad del caso es que yo lucho con el pecado, constantemente. Y, aunque me esfuerzo por no fallar, no lo logro. Entonces, me siento frente a esta computadora, listo para escribir mi mensaje de esta semana, y lo único que me viene a la mente es, “¿quién eres tu?”


No soy nadie.

Pero, mientras pensaba sobre esto, me encuentro con Pablo, el gran apóstol, escritor de la mitad del Nuevo Testamento, líder de múltiples iglesias del primer siglo, padre espiritual de muchos, y posiblemente el primer teólogo cristiano de la iglesia inicial. Era tan grande y respetado Pablo en el primer siglo, que la única persona con el que lo podemos comparar es Pedro, el líder de los apóstoles, roca de la Iglesia, discípulo de Cristo, cuya unción era tanta que hasta su sombra sanaba a las personas (Hechos 5:15-16). Sin embargo, a este Pedro, Pablo confronta y corrige públicamente (Gálatas 2:14), y no tenemos ninguna evidencia de que Pedro le respondió.


Es interesante que este Pablo, al cual acabo de exaltar tanto, en algún momento dado mientras hablaba sobre las apariciones de Jesús, nos dice que, “y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios” (1 Corintios 15:8-9).

Básicamente, lo que Pablo nos está diciendo aquí es que, a raíz de sus errores del pasado, él siente que no es digno de ser llamado apóstol. Aquí podemos ver la humildad de Pablo, pero igualmente podemos ver su honestidad. Pablo no se sentía digno de ser apóstol, pero fue llamado a ser apóstol. Pablo se consideraba más pequeño que los demás apóstoles, mas sin embargo se atrevió a corregir al líder de los apóstoles (Pedro), públicamente. Pablo luchaba con el pecado (Romanos 7:15-24), admitió no haber alcanzado a la perfección (Filipenses 3:12), y en algún momento dado sintió el deseo de rendirse y morir (Filipenses 1:21-24). De hecho, es interesante que, a pesar de que Pablo claramente creía fielmente en Dios, y le servía, su voluntad no siempre se alineaba con la de Dios. Por ejemplo, en algún momento dado Pablo quiso predicar en Asia, pero el Espíritu no se lo permitió, y luego intentaron ir a Bitinia, pero igualmente, el Espíritu no se los permitió (Hechos 16:6-7). No solo esto, sino que, a pesar de la gran fe de Pablo, en algún momento dado estaba siendo afligido con alguna condición (la cual no conocemos, pero presumimos que es alguna enfermedad física), y dice que le pidió a Dios tres veces que lo sanara, pero, Dios no le sanó (2 Corintios 12:7-9).

En otras palabras, Pablo era un ser humano, como tu, y como yo. Al igual que nosotros, Pablo era imperfecto, luchaba con el pecado, cometía errores, no siempre se alineaba con la voluntad de Dios, sus oraciones no siempre eran contestadas, y en algún momento dado quizo rendirse. Pero, a pesar de todo esto, Pablo logró grandes cosas, y es recordado como una de las personas más importantes en la historia de la Iglesia.

En este momento, podría dar un mensaje de esperanza, exhortando a todo el que me lee que, a pesar de tus errores, tus pecados, y tu sentir de que no eres digno/a, Dios te ha llamado a servirle, y puedes lograr grandes cosas en Él. Pero, esto no es el mensaje principal que quiero llevar. Lo que quiero decir es mucho más sencillo.

Luego de afirmar que no es digno de ser llamado apóstol, y decir que es más pequeño que los demás apóstoles, Pablo dice lo siguiente: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10). Este es el mensaje que quiero llevar a través de este blog, en particular. A pesar de que yo no soy digno, a pesar de todos mis errores y mis pecados, a pesar de que a veces siento que no soy quién para escribir y ser leído, Dios me ha permitido hacerlo. Todo lo que soy, lo soy gracias a Dios. Cada vez que escribo algo nuevo, o hago un video nuevo, o sirvo a Dios de la manera que sea, es evidencia, no de mis capacidades o mi dignidad, sino de la gracia de Dios. Si no fuera por Él, verdaderamente yo no sería nada, ni podría hacer nada.

Hoy no me siento digno de escribir; no me siento digno de servir a Dios; no me siento digno, incluso, de ser llamado cristiano. Pero, aquí estoy escribiendo, intentando servir, y perseverando en la fe. Y por eso, solo puedo decir:

Gracias, Dios.

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