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¿Dónde Está Nuestra Fe?

2014. Jamie Coots, pastor de una iglesia en Kentucky, manejaba una serpiente frente a su congregación como solía hacer, enfrentando la muerte con valentía, intentando demostrarle a la iglesia que la promesa de Marcos 16:18 era verdad. Para Coots y su congregación, el manejar una serpiente era un acto de fe, y no tenía ningún miedo a morir ya que, según su interpretación literal de Marcos, Dios no lo iba a permitir. Jamie Coots murió 7 minutos más tarde, luego de haber sido mordido por la serpiente que tenía en sus manos.

2020. El Coronavirus se ha convertido en una pandemia, y los gobiernos están tomando decisiones drásticas para proteger a sus ciudadanos, mientras la comunidad médica y científica trabaja arduamente, buscando una vacuna. En este tiempo tan difícil, la Iglesia se enfrenta con una gran incertidumbre: ¿cerramos los templos, obedeciendo los reglamentos del toque de queda? O ¿permanecemos abiertos, mostrando nuestra fe? Por un lado, el mantener a los templos abiertos y continuar con los cultos como de costumbre podría ser visto como un acto de ignorancia, falta de prudencia, y falta de consideración por el bienestar del pueblo. Por otro lado, muchos, mayormente cristianos, ven al acto de cerrar los templos como una falta de fe, cediendo ante los miedos y la presión del mundo. Si realmente creemos en Dios, ¿por qué vamos a temerle a un virus? “Declaro que ninguna enfermedad tocará mi casa,” dicen algunos.

Aunque el tema es mucho más profundo de lo que puedo explorar aquí, y aunque ya la decisión se tomó (las iglesias, en su mayoría, decidieron cerrar sus templos), hay dos preguntas principales que esta situación trae a mi mente, las cuales quiero intentar contestar. Primero, ¿es el cerrar los templos evidencia de la falta de fe? Y segundo, ¿es la fe la ausencia de la razón? Comenzaré con la segunda pregunta.

La relación entre la fe y la razón es un tema que se ha debatido básicamente desde el inicio de la Iglesia, y no parece estar cerca del final. No pretendo exponer y resolver el debate con este mero escrito, pero me gustaría tocar varios puntos que quizás puedan ayudarnos a entender que la fe y la razón no están en oposición, sino que van de la mano.

Primero, en más de una ocasión, la Biblia contrasta la fe con la vista (2 Corintios 5:7), la duda (Santiago 1:6), y con las obras de la Ley (Romanos 3:28). Sin embargo, la Biblia nunca contrasta la fe con la razón, implicando su oposición. Con tantos pasajes que nos hablan sobre la fe, si realmente estuviera en oposición a la razón, creo que Dios lo hubiera mencionado, aunque sea una sola vez en Su Palabra. La ausencia de pasajes que muestran esta oposición es un argumento a favor de que no lo están.

Segundo, en Mateo 22:37, Jesús nos dice que el gran mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (énfasis mío). Fíjense que, para amar a Dios, es necesario amarlo con todo nuestro ser, incluyendo nuestra mente. No es posible amar a Dios parcialmente. Esto incluye, entonces, el uso de la razón, ya que la razón es parte de nuestro ser. Es por esto que el estudio de la Palabra, la oración, y la apologética deberían ser una parte esencial de la vida del cristiano, buscando cultivar no solamente su fe, sino a ejercitar su mente, también.

Tercero, Hebreos 11:1, considerado por muchos como la mejor definición de la fe en la Biblia, nos enseña que la fe necesariamente está ligada al uso de la razón. El pasaje nos dice que la fe es la “certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” La certeza y la convicción son elementos de la mente, sustentadas en una realidad (Dios) en la cual confiamos. La razón por la cual podemos estar seguros (certeza) y confiados (convicción) de que las promesas de Dios se cumplirán es precisamente porque conocemos a un Dios fiel. En otras palabras, le fe de Hebreos 11 no está basada en ignorancia, sino en conocimiento. Más allá de eso, inmediatamente luego de darnos esta descripción de la fe, el autor de Hebreos busca sustentar esta definición con ejemplos bíblicos de hombres y mujeres de fe, intentando, por medio de estos testimonios, de convencer y persuadir a sus lectores a que tengamos fe, y sigamos hacia adelante (Hebreos 12:1). Hebreos 11, entonces, no nos está enseñando sobre una fe ciega o ignorante, sino que, por medio de testimonios, evidencia, y argumentos, busca provocar en nosotros una fe que se mantenga firme en medio de cualquier circunstancia.

Claramente, la fe no está en oposición a la razón, sino que ambas van de la mano.

Pero ¿qué tal de la primera pregunta? ¿Es el cerrar los templos evidencia de la ausencia de fe? Para los que contestan "si," les tengo otra pregunta: Cuando el cristiano se enferma, ¿es correcto ir al doctor? ¿Es el ir al doctor evidencia de la falta de fe, o simplemente un acto de sabiduría y prudencia? Es tentador para mi responder a estas preguntas de manera sarcástica, exigiéndole a los que responden que “si” a la primera pregunta que, cuando su vista comience a fallar, no piensen en usar espejuelos ya que esto es evidencia de la falta de fe; Dios les sanará. Igualmente, no deberían de ir al trabajo porque Dios proveerá. No deberían de estudiar porque Dios los iluminará. Y, cuando anden en carro, no deberían de pegar freno ni buscar evitar accidentes porque Dios los protegerá. Claramente, el usar espejuelos, el trabajar, el estudiar, y el guiar responsablemente no es una muestra de la falta de fe ni de la auto-suficiencia, sino que simplemente es actuar sabiamente.

Cuando Jesús estaba siendo tentado en el desierto, el Enemigo le dice, "Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra" (Mateo 4:6). Jesús respondió, "Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios." Jesús no se tiró, no porque le faltaba fe, sino precisamente porque creía en Dios y Su Palabra, y se negó a desafiarlo. Cuando Jamie Coots decidió tomar una serpiente frente a su congregación en el 2014, esto no era un acto de fe, sino una falta de prudencia. Más allá de eso, era un acto desafiante hacia Dios, tal como describe Jesús en Su propia tentación en el desierto. De la misma forma, el no ir al doctor cuando estás enfermo, el no pegar frenos cuando estás guiando, y el negar cerrar los templos para evitar el contagio de una enfermedad no es un acto de fe, sino de ignorancia.


En algún momento dado, Pablo le dice a Timoteo que beba “un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (1 Timoteo 5:23). Es interesante que la recomendación de Pablo aquí no fue que simplemente tuviera fe, sino que le dio una recomendación práctica, aludiendo a las propiedades curativas de la uva del vino. Similarmente, en Isaías 38 vemos que Ezequías está sufriendo de una condición mortal, le ora a Dios por sanidad, y Dios responde positivamente a esa petición. En otras palabras, Dios escuchó su oración, y decidió sanar a Ezequías. Sin embargo, al final del capítulo nos dice que Isaías dio la orden a que “Tomen masa de higos, y pónganla en la llaga, y sanará” (Isaías 38:21). Este relato nos enseña que, en ocasiones, Dios utiliza mecanismos naturales para llevar a cabo Su sanidad. La sanidad de Dios no siempre tiene que ser un evento sobrenatural (un milagro), sino que puede ocurrir por medio de procesos naturales y manos humanas (doctores, por ejemplo).

Todo esto lo escribo para demostrar que, en más de una ocasión, la Biblia nos da ejemplos de seres humanos que creían en Dios, pero su fe no implicaba ignorar la ciencia o la medicina del tiempo. La Biblia nos exhorta a ser sabios (Efesios 5:15) y prudentes (Proverbios 13:16), y nos exige actuar de cierta manera y evitar ciertas cosas simplemente por el bienestar de los demás (Romanos 14:21). El ser prudente no implica la ausencia de fe. Al contrario, es un acto de fe, ya que afirma la autoridad de la Biblia y obedece sus exhortaciones a la sabiduría y a la prudencia.


Si es cierto que la sabiduría y el conocimiento vienen de Dios (Proverbios 2:6), no hay ninguna contradicción entre creer en Dios y confiar en las recomendaciones médicas y científicas. En medio de esta situación, el cristiano debe tomar las decisiones necesarias para el bienestar del pueblo, entendiendo que si no lo hacemos, estamos poniendo en riesgo innecesariamente a cientos o miles de personas que podrían perder sus vidas. No queremos eso en nuestra consciencia. En este momento, entonces, la Iglesia mantiene sus templos cerrados, no por falta de fe, sino por amor al prójimo.

En medio de la crisis, ¿dónde está nuestra fe? Nuestra fe está puesta en Dios, como siempre lo ha estado, confiando que, pase lo que pase, Él está en control. Pero, mi fe también se ve reflejada en mi prudencia, mi sabiduría, y mi amor al prójimo. No se crean esa mentira de que ser prudente, ir al doctor, o quedarnos en nuestra casa es evidencia de falta de fe. Estamos encerrados en nuestros hogares, sí, pero no dejamos de creer. Seguimos orando, leyendo la Palabra, compartiendo mensajes de vida y esperanza por las redes, manteniendo comunión virtual con el resto del Cuerpo de Cristo, buscando glorificar Su nombre en todo lo que hacemos, y ¡lavando nuestras manos como 30 veces al día! Esa es la Iglesia que el mundo necesita ahora mismo, y no aquella que se opone al uso de la razón, pensando erróneamente que eso es evidencia de fe. Seamos la Iglesia que el mundo necesita, y sobre todo, no perdamos la fe.

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